Fundamentales en el desarrollo de la personalidad de los niños es importante ponerlos sin violencia.

La paternidad y maternidad tiene momentos mágicos y que se atesoran para siempre. Tardes de juegos, mañanas de risas y jornadas que no se olvidan. Sin embargo, nuestra tarea también tiene momentos complicados y uno de ellos sin duda es cuando debemos establecer límites. Muchos no sabemos muy bien cómo hacerlo no queremos convertirnos en padres autoritarios pero tampoco excesivamente permisivos. Aunque parezcan odiosos, los límites son muy necesarios. Al ponerlos estamos dotando a nuestros hijos de seguridad y protección, factores imprescindibles para su desarrollo. A través de ellos, los adultos -principalmente los papás- hacen saber a cada niño lo que se espera de él y lo ayudan a distinguir lo que está bien de lo que está mal; lo que favorece que desarrolle su autocontrol. Diana García Dilba, licenciada en Psicología (M.N. 67.130) nos brinda algunas pistas que nos ayudan a reflexionar.

Recibo semanalmente muchas consultas de familias sobre cómo poner límites a los niños/as. 

A través de investigaciones que llevé a cabo en distintas poblaciones, observé que existen 4 grandes universos con respecto a este tema:

  1. Familias que no ponen ningún límite (o escasos límites) 
  2. Familias que ponen excesivos límites (sería la contracara del Punto 1)
  3. Familias que ponen adecuados límites
  4. Familias que confunden poner límites con el maltrato físico o psicológico (cuando se les pregunta cómo ponen límites, sus respuestas suelen ser: chirlo, encierro, gritos y un lamentable y largo etcétera; usualmente está asociado a cómo ellos fueron tratados de pequeños).

Sabemos que los límites son necesarios para la buena convivencia en sociedad. Me imagino que quizá alguno debe estar pensando: “los límites coartan la libertad!”.  Y sí, algunos límites sí, puede ser, nadie lo niega. Pero como decía Sartre: “Mi libertad se termina dónde empieza la de los demás”. Vamos a algunos ejemplos para entenderlo de forma precisa:

Puede que yo crea que coartan mi libertad con una ley que indica que no puedo tirar basura en la calle pero, si ejerzo mi libertad de tirarla, estoy perjudicando a otra/s persona/s que tendrán que limpiar lo que tiré. O tirar una lata en la playa, y luego pasa un niño/a corriendo y se corta…con la lata que ejerciendo mi libertad tiré.

Esto no significa que no existen  leyes y normas que realmente coartan la libertad de las personas o de grupos específicos como, por ejemplo, las mujeres en ciertos países del mundo. Jamás apoyaría cualquier norma o ley sólo por el hecho de ser norma o ley. 

Una vez aclarado esto que me parece importante diferenciar, vuelvo a los límites que nos competen: desde niños/as, a través de nuestras familias o quienes ejercieron esa función en nuestras vidas, hemos incorporado (in-corpore: metido al cuerpo) límites. En la infancia nos establecieron las primeras normas y límites como factores que nos protegerían a futuro para reducir la aparición de conductas de riesgo (siempre pensando en normas claras, adecuadas y razonables, obviamente).

Los límites nos ayudan a registrar a otro/a y a nosotros mismos. Podemos entender y diferenciar hasta dónde puede llegar el otro/a y hasta donde uno/a.  

Cuando establecemos límites a los niños/as, les brindamos seguridad, tranquilidad, autocontrol en su propia conducta y sus emociones, damos lugar a que se expresen sus necesidades y aumente su tolerancia a la frustración. La convivencia se vuelve organizada.  

Mensaje para las familias Tipo 1 que sienten que poner un límite (por ejemplo, decirle No a su hijo) es contraproducente porque lo va a frustrar: 

Por supuesto que al niño/a lo frustra un No. Y, gracias a eso, estará preparado para todos los No que recibirá en su vida, y generará tolerancia a la frustración. Estará mejor equipado emocionalmente gracias a las frustraciones por los No recibidos en su infancia (y no hablo de que todoooo sea no, ya que eso sería caer en el Tipo 2), hablo –nuevamente lo aclaro- de cuando ponemos límites sanos y amorosos. Al explicarle esto a muchos padres, descubrimos por qué les cuesta tanto decir que No a sus hijos. Se relaciona con el miedo más grande del ser humano: no ser querido, es decir, que su hijo/a no lo quiera porque le ha dicho que No.

Como madres/padres recordemos siempre, por favor, que le estamos diciendo que No a un pedido (que a veces suena a exigencia) que el niño/a quiere en ese momento (ejemplo: un helado antes de cenar) y no a su persona. No caigamos en la creencia de que un No es un rechazo a nuestro hijo/a. Nada más lejano!

Obviamente que el momento de poner un límite no será del agrado del niño/a, pero les aseguro que criar a un niño/a con límites sanos, en un marco de amorosidad y respeto por su ser, es el mayor acto de amor que podemos darle para que se transforme en un adulto responsable. Esos límites recibidos de niño/a, los introyectará y luego le serán propios. Entonces podrá decir que No, de adulto, ante situaciones que lo pongan en peligro o en las cuales no quiera involucrarse. Y cuando pueda hacerlo, será gracias a los límites que recibió de nuestra parte cuando era un niño/a.

Podés consultar a Diana García Dilba en Instagram y FB: @dianagarciadilbapsicologa

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