Ante una negativa, nuestro pequeño grita, se tira al piso y patalea sin parar. La situación suele ser temida por los papás, sin embargo es un proceso de aprendizaje.

La escena es conocida. La experimentamos como papás, como tíos e incluso más de una vez la observamos por la calle. El pequeño tiene alrededor de dos años y ante una negativa por pequeña o lógica que sea (“es tarde hay que irnos de la plaza”, “no podés subirnos a ese auto porque no es nuestro”, “ya comiste un alfajor no te voy a comprar dos paquetes de papas fritas”) se tira al piso, grita, llora desconsolado y hasta patalea sin parar. Si estamos en un lugar público, seguro que otros papás nos mirarán solidarios con cara de “no te preocupes ya pasa”. Mientras nos sentimos culpables, algo avergonzados y pensamos “trágame tierra”. Cuando los temibles berrinches invaden a nuestros hijos es vital conservar la calma y ser empáticos para poder ayudarlos a desarrollar la inteligencia emocional. Agustina Faccioti. Psicóloga nos da algunas pautas que nos pueden ayudar.

  • ¿Qué son?

Podemos definirlos –en términos generales – como expresiones que el niño emplea denotando malestar, cuyos rasgos distintivos suelen ser la prevalencia de gritos enérgicos y llantos desmedidos. “Berrinches”, “rabietas”, “ataques de furia”. Primer punto importante: no vayamos tan rápido por la vía del pánico y/o la patologización. Estas son actitudes posibles y esperables en niños/as pequeños/as, aproximadamente de entre uno y cuatro años de vida (podrían iniciar y cesar antes o después, o directamente no existir como tales). 

En esos momentos diferentes que conlleva la temprana infancia, pensemos que el/ la niño/a se encuentra en pleno proceso de construcción/desarrollo del pensamiento y del lenguaje, dos caras de una misma moneda. Además de ello, existe una ambivalencia entre la dependencia natural y esperable hacia otros y la autonomía en aumento (en el mejor de los casos). Las pulsiones (de morder, de romper, de tirar, de explorar, de saber, etc.) que un primer momento tienen apariencia “desmedida”, paulatinamente se irán encauzando, regulando. ¿Cómo? Por efecto del intercambio entre naturaleza y cultura; por la interacción entre adultos/as significativos con los/as niños/as y entre estos/as, como pares, entre sí.

La parte interesante aparece aquí: ¿somos conscientes de cómo interactuamos? ¿Elegimos qué y cómo transmitir o estamos automatizados en nuestra cotidianeidad? Para nosotros/as por lo general las cosas son “obvias”, “naturales” e incluso pareciera que han estado allí desde siempre. Para el niño/ la niña, cada experiencia es nueva, cada objeto es un hallazgo, cada emoción es un torbellino psíquico- corporal desconocido que sólo los adultos pueden ayudarle a decodificar. Es muy entendible que no siempre contemos con las mismas energías para abordar estas situaciones, pero vale la pena al menos estar advertidos de la importancia de nuestra disponibilidad.

Otras características para pensarlos:

– Se trata de mostraciones (dirigidas a alguien, no a cualquiera)

– Encontramos en ellos demostraciones (de que algo, x, le está sucediendo. No sabemos qué es, pero sí que le conlleva malestar)

– El marco en el cual surgen (dónde, ante qué situación y delante de quién/es se manifiesta) así como también el contexto socio-familiar del/la niño/a (dinámica familiar, tiempos compartidos, horas de ausencia de los padres, tipos de vínculos que se van construyendo, etc.).

– La existencia de posibles contingencias que podrían agudizar la situación (separación conflictiva entre padres, mudanza reciente, cambios en la dinámica familiar, llegada de un nuevo bebé a la familia, etc.)

– La frecuencia en la cual se presentan: si ocurren rara vez o muy seguido.

– Cuánto duran?, ¿cesan una vez que algún/a adulto/a interviene?, ¿cómo lo hace?

  • ¿Es ideal evitarlos?

¡No! Lo ideal es interrogarlos.

  • ¿Qué hacer cuando comienzan? 

La díada adulto- niño es asimétrica. Si en alguien recae la mayor responsabilidad es en los primeros, y “evitar” no suele ser la mejor alternativa. Más bien sería provechoso preguntarse a qué responden esas “rabietas”, “berrinches” o como cada familia los quiera llamar. Cuando de niños se trata, la pregunta sobre el qué, cómo y por qué algo acontece indefectiblemente recae en nosotros, quienes contamos con algunas herramientas más para analizar la situación y hacer una intervención habilitante al respecto.

Podemos preguntarnos si se trata de un “capricho” momentáneo y aislado o de un malestar crónico, que se repite en diferentes contextos y que aparentemente no encuentra otra vía de expresión. Podemos evaluar también si el niño cuenta con otros recursos o no (la palabra, por ejemplo) para hacer otra cosa con lo que le pasa. Podemos analizar si nosotros, como adultos, lo ayudamos a nombrar sus emociones, a habilitarlas y tramitarlas o bien lo censuramos mostrando enojos o repartiendo retos y/o castigos. ¿Nos angustiamos cuando el niño “berrinchea” o nos posicionamos en un lugar de disponibilidad adulta, de contención y ayuda para que -paulatinamente y por su cuenta – pueda ir encontrando otras salidas posibles? 

Al niño no le “falla” nada. El niño necesita paciencia, amor y disponibilidad (de tiempo, sobre todo) por parte del adulto para ser, hacer, crecer. Esto es muy importante, ya que el no estar advertidos muchas veces nos lleva a una peregrinación por profesionales y a una seguidilla de intervenciones (a veces incluso psicofarmacológicas) innecesarias y iatrogénicas para el desarrollo físico y psíquico del niño. Esto no quiere decir que no sea necesario a veces consultar. Estar advertidos nos posibilita, más bien, detectar en qué momentos dirigirnos a otros para pedir ayuda y evitar caer en la rápida patologización de las conductas de la vida cotidiana.

Podríamos situar algunas sugerencias para intervenir ante un “berrinche”, como preguntarle al niño qué es lo que le pasa (¿enojo?, ¿tristeza?, ¿preocupación?), hablarle de lo que le podría estar pasando y no puede nombrar, cantarle una canción, inventar una historia donde se sienta identificado, etc. Son recursos para ayudarlos a dar sentido a sus “estallidos”. Pero también son importantes otras iniciativas por fuera estos últimos, recursos “preventivos” (si esto existiera): emplear en la cotidianeidad diálogos anticipatorios (“ahora vamos a ir a lo de la abuela, nos vamos a quedar un ratito y después volvemos a casa”), descriptivos (“¡hoy estás muy curioso!”) e incluso reconstructivos (“¿viste que fuimos al jardín y saliste muy contento?) Además, mantener coherencia entre lo que decimos y hacemos es indispensable para no generar mensajes ambiguos al niño, ya que eso podría confundirlo (por ejemplo, si decimos “contame qué te pasa” y después cuando llora por otra cosa directamente lo retamos o censuramos, no va a entender que es importante que pueda hablar cuando se siente mal).

Estas herramientas, quizás insignificantes para nosotros por estar acostumbrados, son fundamentales para ayudar a los niños en su desarrollo integral. ¡Recordemos que para ellos todo el mundo es nuevo, y somos nosotros sus primeros intermediarios para conocerlo y explorarlo! Gran responsabilidad y apasionante desafío, ¿cierto? 

  • ¿Cómo diferenciar lo esperable de lo “inadecuado”, “inapropiado” o “problemático”?

No da lo mismo si el “berrinche” ocurre cada tanto en situaciones puntuales, y con la intervención atinada de un adulto cesa, a que si el mismo es el modo frecuente (y a veces único) que utiliza el niño para expresarse. Si se detecta algo “incontrolable” para el niño y eso afecta en demasía (“desborda”) a todo el grupo familiar, es una decisión muy atinada consultar a un profesional psicólogo/a para analizar la situación y trabajar en equipo en pos de que el niño encuentre nuevos cauces, menos displacenteros, para manifestarse. Recordemos que más allá de cuestiones generales en cuanto a la edad cronológica del niño, no podemos descuidar sus singularidades lógicas, estas últimas solo dilucidables en la atención del caso por caso.

Podés consultar a la licenciada Facciotti en IG: psic.agustina.facciotti

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