Constituyen una de las medidas sanitarias que mayor beneficio ha producido y sigue produciendo a la humanidad. Por qué recibirlas es un derecho y un deber.

No es un secreto que los bebés y los niños tienen más posibilidades de adquirir infecciones graves en los primeros años de la vida. Por eso, tener al día el Calendario Nacional de Vacunación es la única manera de prevenirlas. Sin embargo, en medio del temor que genera el coronavirus y de la confirmación de más de 60 casos de sarampión en la Argentina durante 2019, todavía hay algunas personas que cuestionan su eficacia.

En 1796, cuando el médico inglés Edward Jenner realizó la primera vacunación de la historia para combatir la viruela, también hubo cuestionamientos, incredulidad y hasta personas que aseguraron que las vacunas estaban contra los “designios de Dios” ya que curaban enfermedades que servían para castigar los pecados de la humanidad.

Desde ese tiempo pasaron más de 200 años. Pese al tiempo transcurrido y con datos innegables sobre su validez, todavía existe un gran debate social en torno a la vacunación. Una de las últimas polémicas comenzó en 1998, cuando The Lancet, una las revistas de mayor circulación médica, publicó un artículo del doctor Andrew Wakefield quien planteaba una supuesta relación entre la triple viral (sarampión, paperas y rubéola) y el autismo. La nota generó un gran revuelo, sobre todo en Europa. Pero nada de lo escrito por el médico era verdad. 

Lo increíble es que aunque el medio se retractó y se descubrió que Wakelfield había pedido la patente para una vacuna contra el sarampión que competiría con la que denostaba en el artículo, su artículo le otorgó fuerza y argumentos al movimiento antivacunas que, desde entonces, se sigue expandiendo. Su efecto fue tan letal que la misma OMS reconoció que “la publicación creó un estado de pánico que produjo una disminución de las tasas de inmunización y posteriores brotes de esas enfermedades”. Hoy algunos grupos defienden a Wakefield pese a que el Consejo General Médico del Reino Unido le retiró su licencia para trabajar como médico porque actuó de manera “deshonesta”, “engañosa” e “irresponsable” al vincular la triple vírica con el autismo. Además, consideró que Wakefield abusó de su posición de confianza” como médico y “desacreditó a la profesión médica” en sus estudios llevados a cabo con niños.

Pero el mal ya estaba hecho y el movimiento antivacunas, potenciado. Entre los actores internacionales Jim Carrey expresó su desconfianza, el actor y director Rob Schneider, dijo sin evidencias científicas obviamente, que existe una posible relación entre éstas y enfermedades como el asma y las deficiencias del aprendizaje y la actriz Alice Silverstone, es otra de las que dudan de su efecto positivo.

Los argumentos de estos y otros famosos que livianamente hablan de vacunación, caen con la contundencia de las cifras. Afirma la OMS que la vacunación salva, cada año, más de tres millones de chicos en todo el mundo, y evita que muchos otros millones de personas padezcan enfermedades complejas e incapacidades permanentes. Más de 1500 millones de personas se salvaron de diferentes enfermedades. Incluso fue posible eliminar dolencias que causaron estragos.

La viruela, que producía cinco millones de muertes anuales, en todo el mundo, fue erradicada en 1980 y hoy en día está prácticamente olvidada. En la actualidad, la lucha mundial contra la poliomielitis ya evitó la parálisis a cinco millones de personas (OMS, 2005) y busca ser erradicada para 2020. La vacunación se ha convertido en uno de los mayores logros en la reducción de la mortalidad infantil. Y es que el 30 por ciento de las muertes de niños menores de 5 años pueden prevenirse con un gesto tan simple como ponerles una vacuna.

Pero ante las dudas que se generan en algunos, la Asesora General Tutelar del Ministerio Público Tutelar de la ciudad de Buenos Aires, Yael Bendel destacó: “No vacunar a las niñas, niños o adolescentes es vulnerar su derecho a la salud consagrado en la Convención sobre los Derechos del Niño. Los intereses o creencias personales de los padres, madres, tutores o guardadores, no pueden interferir o evitar la vacunación obligatoria”.

Alejandra Marcos, médica pediatra y coordinadora del Programa de Inmunizaciones del Ministerio de Salud de la Ciudad de Buenos Aires afirmó: “La vacunación es un acto de responsabilidad y también de solidaridad, ya que además de proteger a la persona en particular, protege a la comunidad. En especial hay personas que por edad o por alguna contraindicación médica no las pueden recibir o personas que se vacunan pero que generan una menor respuesta. La eficacia de la vacunación depende de lograr altas cobertura en la población y se funda en razones de interés colectivo que hacen al bienestar general. El efecto que se genera al tener un alto porcentaje de gente vacunada hace que gente que no esté vacunada no enferme”.

Muchas veces, como las enfermedades que para otras generaciones fueron mortales dejan de estar presentes, se tiende a perder la percepción del riesgo y de la gravedad de ellas y los estragos que causaban. Por eso Marcos es contundente: “Cuando hablamos de prevención sabemos que las vacunas, junto al agua potable, son unas de las herramientas más importantes. La estrategia de prevención primaria a través de las vacunas es una medida de Salud Pública prioritaria y de alto impacto para la disminución de la morbimortalidad de la población y en la disminución de la mortalidad infantil. Y lo hacemos desde la evidencia disponible, porque las vacunas protegen y salvan millones de vida cada año en el mundo”.

Desde la Sociedad Argentina de Pediatría remarcan que “vacunarse es obligatorio, y un derecho de todos”. Además enfatizan que desde el punto de vista sanitario, no existen dudas de que las vacunas han logrado resultados concretos en el control de las enfermedades infectocontagiosas. Los programas de vacunación son de bajo costo en relación a los beneficios que logran y además: son una herramienta de equidad, porque llegan a todos los niños de los diferentes estratos sociales.  También son un elemento de solidaridad, porque cuando la persona se vacuna, también reduce el riesgo para quienes interactúan con él, incluso no vacunados. La persona no vacunada constituye un riesgo para sí mismo y para quienes la rodean. Todos estos argumentos confirman que las vacunas son una de las herramientas más efectivas para proteger la salud y el futuro de nuestros niños. Vacunar a los chicos es un derecho y un deber que ningún adulto debe dejar de lado.

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