Pablo Miranda es odontólogo y escritor. Desde hace un tiempo estrenó un título que lo llena de alegría: abuelo. Esta es su experiencia.

El abuelazgo arranca desde el instante mismo del anuncio. Personalmente me llegó a través de una foto, prolijamente puesta en un sobre y entregada como (inolvidable) regalo de cumpleaños: la ecografía mostraba a Manuel, paciente, flotando en ese paraíso ámbar y líquido dentro del vientre de mi hija Julieta.

Vas a ser abuelo. 

Voy a ser abuelo.

La frase, el título nobiliario, me sorprendió. Empecé a repasar todo lo que había sido en mi vida (hijo, sobrino, nieto, amigo, ahijado, padre, padrino, marido, ex marido) y nada se le parecía. 

Una feliz incertidumbre me invadió: todo lo nuevo puede ser intimidante; pero en este caso, se trataba de un sentimiento, ser abuelo. Ser. Yo soy, tú eres, él es. Inalterable. Una etiqueta que te cuelgan para siempre, y ahí queda. Sangre de tu sangre, linaje que se esparce, el misterio de la vida en primera persona.

Lo primero que hice, para mitigar la espera, fue escribir un cuento. Lo imaginé varón, y, cosas de la vida, acerté.

Después fue la vigilia, la espera, porque la Naturaleza es sabia pero hay que tenerle paciencia: la panza que crece, las patadas de crío, la danza de los nombres y de las fechas.

Y mientras tanto, la palabra repetida mil veces, para entrar en personaje: abueloabueloabuelo.

La foto me sorprendió trabajando, en el consultorio (soy odontólogo, entre varias otras cosas): Manuel en brazos de su madre, mi nieto en brazos de mi hija. Unos días antes de lo proyectado por los médicos, una eternidad después para los que estábamos ansiosos por conocerlo. En el medio, la pandemia y la nueva realidad: contemplarlo a través de una pantalla, una línea divisoria hecha de plasma, tragar saliva y esperar el momento del abrazo, de tenerlo en brazos.

Pero todo llega. Una tarde de verano, una terraza, y allí fuimos: las tías (Lucía, después ascendida a madrina, Agustina-océano mediante, pero siempre cerca- y Delfina) y el abuelo novato a conocer a la criatura. Alegría, orgullo (la tribu crece, valió la pena, dije mirando al cielo), nerviosismo, felicidad, ternura, placer, gratitud y me parece que me quedo corto, pero no importa.

Los días pasaron, Manuel fue creciendo. Se fue desprendiendo de su piel de bebé, se irguió, miró, rió, gesticuló, sonrió y por fin, habló.

Esa transición de bebé a niño (hermoso, y no lo digo porque soy su abuelo, ¡ojito!) la fue haciendo lentamente, despidiéndose de todos nosotros que queríamos seguir mimando a ese bebote, queríamos mamadera, chupete y sonajero un tiempito más; pero no, Manuel, con notable maestría nos fue conduciendo al niño que es hoy: inquieto, sibarita, alegre y cariñoso. Con ese pelo que se le hace indomable en la parte de atrás, la ñata chiquita, los ojos medio chinitos, la expresión siempre risueña, la panza a la cual adora y nombra repetidamente, las manos pequeñas y ágiles, los pies regordetes. Manuel, Manu, el nene de la familia, mitad rey, mitad déspota, el que persigue a mis gatas por toda la casa.

En el medio, claro, hubo paseos en cochecito, salidas a la plaza, una noche infernal en casa, medialunas a escondidas de los padres, desayunos, almuerzos, cenas, siempre juntos.

Tengo mis laureles, atenti: En su primer esbozo de vocabulario, cuando se pudo escapar de las sílabas y las onomatopeyas, además de mamá y papá dijo: Abu.

Sí, señoras y señores. Abu. Bien clarito. Y así me nombra hasta el día de la fecha: Abu.

Él lo eligió, y lo que escoge el soberano, es sagrado. Soy Abu, por su decisión, no por mi elección.

Este niño ya tiene un año y siete meses. Si hay algo que sabe hacer Manuel, y lo hace con profesionalismo y fruición, es comer. Disfruta los budines de calabaza, y el pan de masa madre que le cocino, ama al choclo más que a nada en el mundo y lo come con las dos manos, como un adulto; devora la fruta sin compasión (herencia de su padre, Tobías) y cuando hay asado es un chacarero más: no hay corte que se le resista.

Ahora está viviendo temporariamente en Campinas, en las afueras de San Pablo: el trabajo de sus padres así lo ha demandado.

Sorteamos la distancia haciendo dos o tres video llamadas por semana: allí me cuenta que está comiendo papaia, que juega con mazinha y que su baby sitter se llama Anchi (Angélica-Angie-Anchi)

Con ella, que no habla una sola palabra de castellano, se comunica en su media lengua. Nadie lo entiende, pero la vida tiene esos misterios. Cuando se me dificulta la comprensión en alguno de nuestros “videoencuentros”, alguno de los padres acude en mi ayuda y oficia de traductor.

De tanto en tanto lo llamamos con mi mujer, Gabriela, y él la derrite con una ¡Abi!.

Es así, seductor, bostero por autonomasia y bon vivant.

Sé que el destino nos va a separar. Argentina es así, un país lleno de contradicciones, y las gaviotas emigran, buscan otros mares.

Nosotros, pájaros grandes, nos quedaremos aquí, en nuestros nidos, extrañando, evocando con nostalgia esos momentos, y esperando los reencuentros con ansias; procurando no sorprendernos con el paso del tiempo, y procurando que el tiempo no nos sorprenda a nosotros, para seguir disfrutando ese bonus track que nos brinda la vida, y que son los nietos.

Amor del bueno. Amor generoso. Amor sin restricciones, divertido, anti solemne, versátil.

Amor de abuelo. Gócenlo, es maravilloso.

Pablo Miranda es odontólogo de profesión, docente por opción y escritor de vocación.

Es gestor cultural. Publicó su primer libro de relatos, Vanderley, en 2015.

En 2020 salió su segundo volumen de cuentos, Mensajes escritos en los zócalos (Niña Pez Ediciones).

Es coautor junto a Gabriela Faillace de la saga de literatura fantástica La cripta de los Casares, declarada de Interés Educativo por la Legislatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y que edita la Editorial del Naranjo.

Tiene muchos cuentos escritos, una novela también. Mientras tanto, golpea puertas de editoriales y sigue escribiendo.

Podés comunicarte con él en pablomiranda66@hotmail.com

@lacriptacasares en IG

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