Jonatan Nakache es especialista en comunicación empresarial e institucional. En este texto comparte su experiencia como papá primerizo de Gael. 

Muchas veces me pregunté qué tan conectado estaba con mis emociones y, por ende, conmigo mismo. En ocasiones, un tema recurrente en el diván de la profesional de turno, era la dificultad para expresar con lágrimas procesos que estuvieran teniendo lugar adentro mío.

Cuando junto a Nora, mi novia, decidimos adentrarnos en la aventura de ser padres, decidimos no perder de vista que los 37 años que yo ostentaba y los 35 de ella, no nos permitían percibirnos como el fruto más verde del árbol de la vida. En suma, era posible que la intentona no arrojara resultado pronto o, quizá nunca.

Sin embargo, quizá por habernos entregado a esa experiencia sin más expectativas que la de conectar con el disfrute y no exigir al universo ningún tipo de resultados, dio como respuesta que en el primer intento se produjera el milagro de la concepción.

Entonces comenzó una etapa en la que todas nuestras expectativas, nuestra atención, nuestras conversaciones y –por qué no- todos nuestros pensamientos también, se depositaron en ese retoño que mes a mes iba creciendo, con la fuerza de una pujante semilla sembrada en tierra fértil. 

La madrugada del 19 de octubre de 2018, mientras yo roncaba como un oso, la mano de Nora en mi espalda precedida de un movimiento que alentaba a que me despertara, anunciaba que mi vida estaba por cambiar para siempre. “Voy a llamar a la partera”, me anunció.

El bolso estaba listo desde hacía varios meses, el plan para ese momento lo teníamos claro y ahora había llegado el momento. Ese momento…

Eran las 4am cuando lentamente y escuchando música de Kevin Johansen nos marchamos rumbo al sanatorio, con un enorme puñado de ilusiones y todo nuestro amor listo para ese sueño que desde hacía muchos meses se llamaba Gael.

Una vez que estuvimos adentro, todo sucedió muy rápido. Las contracciones aumentaron, la dilatación subía, la presión en el vientre se hacía cada vez más fuerte, la oxitosina aumentaba y entonces llegó la orden de la partera “Vamos al quirófano”; a la que, casi como una nota accesoria, le agregó “Vos, andá a cambiarte”, en alusión a quien escribe.

Cuando entré en el lugar, Nora estaba en la cama peleando como una leona para que su cría naciera de manera natural. El ambiente, lejos de estar dominado por los gritos y la violencia a la que el cine me tenía acostumbrado, era más bien un ambiente de amor, en el que había música de fondo elegida por nosotros y en el que todos éramos parte del mismo equipo. Mi novia haciendo el trabajo duro, la partera y sus asistentes guiándola y yo alentando y buscando transmitirle confianza. 

Minutos después, llegó el obstetra, a quien -como un Rock Star- le colocaron la ropa adecuada, mientras él se preparaba para hacer su gracia. Entonces, la cabecita de Gael comenzó a aparecer poco a poco, o pujo a pujo, hasta que de repente el doctor hizo un movimiento y lo sacó completamente.

Cuando apoyaron a Gael en el pecho de su madre, estaba dormidito, pero ver que se movía quitó todos los miedos que había albergado respecto a ese momento trascendental. Entonces, la enfermera le movió apenitas el brazo y un grito de llanto acompañado de un grito brotó de la garganta de mi hijo. Ahí estaba, en el pecho de su mamá, sano y hermoso.

En ese preciso instante, todas y cada una de las lágrimas que pensé que no tenía comenzaron a salir de adentro mío acompañadas de una sensación de dicha y felicidad que jamás había sentido. Entonces entendí que las mías eran lágrimas de amor y alegría, y que las muy engreídas solo esperaban un momento como ese, para permitirse salir a escena.

Lo que siguió después fue un torbellino. Un enfermero, lo tomó en brazos y me indicó que lo siguiera, así que me fui atrás de él como un perro al que le habían quitado su hueso. 

En ese momento, y extrañado porque todavía yo no había podido para de llorar, comencé a tener una serie de sensaciones inexplicables. La primera de ellas, fue cuando lo vi llorar en la camilla sufriendo porque le estaban colocando inyecciones. Si bien entendía que esos pinchazos eran necesarios para proteger la salud de mi hijo, tenía un impulso de rabia inexplicable hacia ese hombre que estaba haciendo su trabajo y ayudaba a inmunizar a Gael.

Minutos después, por primera vez lo tuve en brazos. ¿Cómo describir esa sensación? ¿Cómo explicar la forma más pura de amor entrelazada con la absoluta angustia de saber si estaba a la altura de la responsabilidad? ¿Cómo comunicar el torbellino de emociones que se chocaban entre sí en ese momento mágico?

Entonces me acerqué a la ventana de la sala en la que le habían dado los primeros cuidados de recién nacido y pude ver que su mamá ya estaba en el pasillo esperándolo. Al mirarla y ver que ella notaba que yo tenía a nuestro bebé en brazos, supe que lo habíamos logrado. Entonces, pude salir y entregárselo para que nuestro hijo tomara la teta por primera vez. 

Hoy, Gael tiene dos años y medio. Es un nene sano y feliz. 

Creo que hubiera podido escribir un texto detallando cada día de su vida –y mi vida unto a él-con esta misma intensidad, pero quería compartir con todos ustedes esa mágica sensación de conectar con las emociones más profundas y más hermosas, de esta manera única e irrepetible.       


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