A Yanina Gallego le dijeron que no iba a poder ser mamá, pero pudo. Embarazada supo que su bebé tenía un problema en su corazón. Esta es su historia.

Quizá porque es jugadora de hockey que Yanina Gallego sabe lo que significa “dar vuelta el partido” cuando parece que vas perdiendo. Pero una cosa es cuando el encuentro se disputa en la cancha de un club y a lo sumo lo que perdés es la posición en la tabla y otra, cuando sentís que la vida pone en juego mucho más.

Yanina vive en Roque Pérez y es profesora de Educación Física. Su historia de amor con Santiago comenzó cuando ambos eran chicos. Como tantas parejas se encontraron, se desencontraron hasta que finalmente no se separaron más.

Mientras el amor tenía sus vericuetos, Yani atravesó varios problemas ginecológicos. Le descubrieron la obstrucción de las Trompas de Falopio, lo que impide que el óvulo pueda descender al útero. Un médico le propuso realizar un tratamiento doloroso pero eficaz. Yani aceptó y lo hizo. Luego, por las suyas investigó y supo que quizá no podría quedar embarazada. En un centro de fertilidad se lo confirmaron. La única manera de tener un bebé sería con un tratamiento de fertilización.

Al salir de la clínica Yani había tomado dos decisiones. Posponer la decisión de ser mamá y dejar de tomar las pastillas anticonceptivas. Se preguntó para qué seguir gastando si con su diagnóstico el embarazo era casi imposible.

Siguió con su vida. Al tiempo notó que había engordado un poco y le pidió a su entrenador de Kick Boxing aumentar la cantidad de ejercicios. Pero también se le retiró el período. Una tía de Santiago, pediatra le aconsejó que se hiciera un test de embarazo casero. Entonces, lo inesperado: dio positivo.

La noticia en vez de llenarla de felicidad la llenó de dudas. Por sus antecedentes ginecológicos estaba convencida de que sería un embarazo ectópico. Así que con Santiago fueron hasta una clínica ya con el bolso preparado para una posible intervención. Pero no.

La ecografía mostró un bebé en gestación formado y sin problemas. Yani que pensaba salir de la clínica llorando de bronca, salió llorando pero de alegría. Hubo que encontrar obstetra, elegir clínica y empezar chequeos. “Fue felizmente chocante”, recuerda de ese día.

Acostumbrada a una gran actividad física siguió con su rutina de entrenamiento aunque un poco más leves. Se sentía bárbara, el embarazo iba genial hasta que en una ecografía la cara de la especialista mostró que algo no andaba bien con Vito, el bebé que llevaba en su panza.

“A los seis meses de embarazo le descubrieron una malformación en el corazón. Las arterias pulmonar y aorta estaban invertidas. Mientras Vitto estuviera en panza no pasaría nada porque se oxigenaba con el cordón umbilical pero al nacer sí o sí debían intervenirlo quirúrgicamente”. Recibir la noticia fue terrible. Reconoce que ya venía golpeada de cuando le aseguraban que no podía quedar embarazada, pero que con el embarazo todo se había acomodado y de pronto, semejante golpe del destino. “Fue triste, lloré mucho. Con el tiempo, lo sobrellevé, aprendí a tener paciencia y esperar hasta que naciera para operarlo”.

No fue fácil pero Yani consiguió salir adelante. “Trataba de no pensar que Vitto tenía eso. Lo asimilé. Fue un embarazo feliz. Mientras estuviese conmigo en la panza no pasaría nada y lo llevé bien hasta el final”.

El momento del parto estaba planificado. La cesárea sería un lunes, pero Yanina rompió  bolsa un domingo a la madrugada. A las 4 ya estaban en el hall de la clínica donde Vito apenas naciera sería intervenido. A las 9.20 nació Vito.

Ni Yanina ni Santiago pudieron tenerlo en brazos. Los médicos apenas lo mostraron e inmediatamente lo llevaron a otra habitación. Ya en su cuarto, todavía bajo los efectos de la anestesia una médica se acercó y les dio la peor noticia: Vitto había sufrido un paro cardíaco. Pudieron reanimarlo pero debían operarlo de urgencia. La intervención duraría dos horas.

“Las once personas que estábamos en la habitación enmudecimos. Fueron las dos horas más largas de mi vida”. Pasó el tiempo y el cirujano entró al cuarto ya con su rostro más distendido. La intervención había salido bien pero deberían volver a operarlo en siete días.

A Yanina le dieron el alta, pero Vitto quedó internado. Con Santiago iban y venían a la clínica todas las veces que les permitieran estar un rato con su pequeño. “Era horrible verlo lleno de cables, monitores, con respirador. No me lo dejaban agarrar, pero sabía que era lo mejor para él. Tratábamos de relajarnos para no enloquecer”. Así intentaban mantener una mínima “normalidad”. Miraban tele, tomaban mate, salían a dar una vuelta pero “siempre con el teléfono en la mano porque pasaba cualquier cosa y te llamaban”.

Llegó el día de la operación. Un 21 de enero. Ya les habían explicado en reuniones previas cómo sería todo. Pero ese día se lo volvieron a contar. “El momento clave era cuando reconectaban arterias y que el corazón tuviera la fuerza de eyectar la sangre. Santi preguntó qué pasaba si el corazón no era capaz de hacerlo y nos contestaron “el paciente fallece”. El paciente, su hijo.

“Me fui a casa con un dolor tremendo pero muy esperanzada. Toda la familia esperando en el departamento. Serían entre seis u ocho horas eternas. Traté de relajarme. Cumplido el tiempo fuimos a la clínica, nos quedamos esperando”. Y entonces una médica le anunció que todo salió bien. Fue el momento del grito liberador de alegría, del abrazo y del llanto feliz.

Pudieron verlo un ratito. Vitto permaneció dos semanas más en cardiología y una en neonatología. Poco a poco le iban sacando la medicación, los catéteres y el pequeño se transformaba en un gigante de la vida. “Cuando le dieron el alta nos explicaron cómo curarlo y cuidarlo. Ya en casa, no dejábamos entrar a nadie. Y el que lo hacía debía traer remera limpia, alcohol en gel, lavarse las manos. Fuimos pioneros en instalar el protocolo antes del Covid”, recuerda Yanina y lanza una carcajada.

Hoy describe a su hijo como un ser “inquieto, no para. Con una energía increíble, que se levanta sonriendo y está siempre alegre”.

Mirando lo vivido, Yanina asegura que lo que más le gusta de ser mamá es que “me hizo más fuerte y también me hizo entender que hay cosas importantes en la vida, pero que si tu hijo es deseado es lo más importante” y agrega “ a veces uno se hace problemas por cualquier cosa que no tienen sentido pero cuando te pasan cosas graves comprendés que es lo que realmente vale y merece todo de vos”.

Por eso, se animó a contar su historia. “Aprendí que con amor y energía siempre se sale adelante” dice y comparte. Viendo cómo abraza a Vito no tenemos dudas.

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