Existen nuevas formas de familia y a veces los adultos nos sabemos como ayudar a los chicos a integrarse. Algunas pistas para lograrlo.

Hasta mediados del siglo pasado existía solo una “familia tipo” era impensado pensar en diferentes tipos de familia. Este modelo estaba integrado por un papá, una mamá y si era posible, dos niños. Como muestra la serie Mad Men, una mujer divorciada solía ser causa de escándalo y se prefería sostener una “fachada” de familia antes que la sinceridad en las relaciones. En pleno siglo XXI todo es diferente.  Existen nuevas formas de familia: familias monoparentales, chicos con dos hogares – el de mamá y el de papá en el caso de las parejas divorciadas o separadas–, hogares compartidos entre varias personas jóvenes, también aparecen aquellas parejas conformadas por personas del mismo sexo que han adoptado hijos o han utilizado técnicas reproductivas con material genético de uno de ellos y un tercero, entre otras diversidades.

Ante esta nueva realidad, muchas veces los adultos nos encontramos desorientados o sin saber muy bien cómo ayudar a los hijos a integrarse. Agustina Facciotti, psicóloga (matrícula 6277) nos da algunas pistas interesantes para reflexionar.

Ante el desafío de una familia ensamblada, lo más importante es  coherencia y prudencia en lo que le transmitimos, teniendo en cuenta el contenido (qué decimos y hacemos- y los modos –cómo lo hacemos para que nos entienda, para que el mensaje sea lo más claro posible, para que no le resulte confusa la situación en general). 

Con amor y paciencia para sostenerlo, acompañarlo y/o ayudarlo en sus reacciones, sean estas leves o más conflictivas y ambivalentes, pasajeras o más persistentes. 

Con disponibilidad: que sepa que la separación no es “su culpa” ni culpa de nadie, sino una decisión entre adultos en pos del bienestar de toda la familia. Que el niño pueda percibir que tanto mamá como papá (o mamá y mamá, o papá y papá) van a seguir queriéndolo y estando disponibles siempre, aun viviendo en casas separadas y/o con otras parejas- compañeros/as. Que pueda sentir que lo que se termina no es el amor, sino la estructura y dinámica que le resultaba familiar, y que ahora habrá otra (ni mejor ni peor, sino diferente).

El proceso –de duelo, porque lo es- conlleva trabajo y tiempo. No se produce de una vez y para siempre de forma mágica y abrupta, sino más bien sostenida y paulatinamente, en equipo y con esfuerzos de todas las partes involucradas. 

Es muy importante (¡muy!) dar espacio y legitimar las sensaciones, emociones y sentimientos que ocurran tanto a adultos como a niños en el proceso, no desestimarlas ni subestimarlas. Todas las partes están usando (en el mejor de los casos, invirtiendo) buena parte de su energía diaria en adaptarse a una nueva realidad que se presenta. Si algo de ello resultara insostenible o muy dificultoso, no estaría de más consultar a un/a profesional que pueda sostener y acompañar desde su empatía y saber al respecto.

Cómo acompañar a los chicos para enfrentar (procesar) los cambios

Cuando los adultos-padres deciden no estar más juntos, llegan a ese puerto –en el mejor de los casos- habiendo procesado tal decisión. Lo hacen a veces desde el amor y la aceptación, otras desde el enojo y el resentimiento, cuando no desde la frustración y la angustia. La lista podría seguir si tomáramos caso por caso.

Pues bien, el cómo esa decisión esté “modelada” por los adultos tendrá indefectiblemente impactos- efectos en los niños de la familia.

Recordemos que los niños exploran y construyen su mundo a partir de sus rasgos singulares de personalidad, pero también en base a aquello que nosotros como adultos les ofrecemos para tales fines. Su “naturalidad”, su realidad (psíquica) se va forjando en buena medida con los elementos que les brindamos. Si en la familia se habilitan espacios para el diálogo, muy probablemente puedan incluirlo como parte de su cotidianeidad. Si, por el contrario, son habituales los silencios, los rencores e incluso las peleas frecuentes, ese ambiente –bastante más hostil- también formará parte de la “naturalidad” para el niño.

Cuando de ensamblar familias se trata, entonces, ¿cómo ayudarlos a procesar los cambios que semejante movimiento implica? 

• Primero, garantizando acuerdos entre los adultos entre sí para luego pasar a la instancia de transmitir al niño. Es decir, construyendo una narrativa y una forma de hacer que vaya en un mismo sentido y resulte coherente incluso para el niño, evitando confundirlo con discursos contradictorios (ejemplo: “con papá decidimos separarnos, nos queremos mucho y a vos también, pero vamos a estar todos mejor si vivimos en casas separadas” confluyendo con “tu mamá está con otro hombre y se quiso ir de casa”). 

Este modo podría acarrear un malestar considerable en el infante,  quien se vería en la disyuntiva de tener que decodificar mensajes disímiles con escasos recursos simbólicos e incluso cognitivos. La edad del niño y con qué herramientas cuente en ese momento no  son detalles menores a la hora de pensar de qué modo transmitirle las cosas para que pueda entenderlas: con qué palabras, hasta dónde explicar, hasta dónde informar, etc. Un buen indicador para saber si el niño ha entendido e incluso para percibir cómo ha tomado lo que se le ha contado es prestando atención a sus reacciones (sobre todo si el niño es muy pequeño), pero también a los interrogantes que nos puedan dirigir luego. ¡Sus preguntas son un fiel reflejo del andar de su pensamiento! 

• Luego, acompañando, tratando de entender que cada uno/a tiene su forma y su tiempo para procesar lo que está ocurriendo, aceptarlo, desarmar lo que estaba consolidado y naturalizado y reconstruir una nueva realidad con elementos quizás desconocidos hasta entonces.

• Contando cómo será la organización de tiempos y espacios desde ahora, con pautas claras y dejando que el niño (si su edad lo permite) también pueda participar en algunos aspectos –no en todos- de la construcción de la nueva dinámica. 

Motivarlo sin negar ni desconocer que llevará su tiempo el hecho de que pueda procesar y encontrarle “bondades” a estos grandes cambios.

• Poniendo amor, paciencia y empatía en cada pequeña movida cotidiana (entre adultos entre sí, entre éstos y los niños, entre niños).

Podés consultar a la licenciada Facciotti en IG: psic.agustina.facciotti

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