Una evaluación médica puede tener un efecto demoledor, sin embargo son muchas las personas que logran superar hasta los pronósticos más sombríos. Daniela Aza es una de ellas. Esta es su historia.

Dicen que solamente hay dos formas de caminar por esta vida: de puntillas o dejando huella. Yo decidí la segunda. Así que pisé firme, aunque ni siquiera los médicos esperaban esa fortaleza. “Es probable que no vaya a caminar” fueron las palabras que mis padres escucharon ni bien supieron mi diagnóstico. Casi 37 años después aún no logro imaginarme su desolación, miedo y desamparo. Sin embargo, tal vez en las más duras experiencias es que encontramos la motivación para salir adelante. Y aquel diagnóstico de Artrogriposis Múltiple Congénita, una condición poco frecuente caracterizada por múltiples contracturas articulares, fue la clave para empezar a trabajar en pos de brindarme las máximas posibilidades y oportunidades.

No era fácil cuando mis pies y manos se rebelaban y entonces llegaba un arduo camino de cirugías y rehabilitación, largas esperas en sanatorios y ortopedia y diversos obstáculos derivados de una sociedad que no entendía de diversidad y otras formas de ser y estar en el mundo. Ante esto, fue toda una familia compuesta por una mamá, un papá, y 3 hijas (yo, la última) los que debimos formar un gran equipo para hacer de ese camino, lo más llevadero posible. 


Y yo aprendía de mis pies y manos a rebelarme y a defenderme explicándole a mis compañeros sobre mi condición y mostrándoles que yo, igual, podía. Es que en mi casa me mostraban, entre juegos, risas y aventuras, que yo no era diferente y que, como cualquier niña, tenía derecho a divertirme, caerme, socializar y tener una infancia plena. Y así fue mi niñez, aún con los tantos tratamientos y las incontables barreras del entorno que ponían en duda mis capacidades como aquel profesor de gimnasia que dijo “no puede hacer nada” y al que yo le respondía jugando con mi pelota. Cuando veo atrás no veo más que un constante esfuerzo por encajar en una época en la que hablar de discapacidad no era moneda corriente. Esa lucha por lograr ser aceptada valía la pena: me encontraban ocupando espacios, haciéndome ver y escuchar. No me quedaba quieta. Sabía que las cosas se lograban peleando. 


Mis pequeñas victorias eran grandes triunfos: desde mis primeros pasos con ortesis, alcanzar a vestirme y atarme los cordones hasta, en la adolescencia, quizá una de las etapas más oscuras de mi vida, caminar por primera vez en la calle. Todo se trataba de enormes desafíos que se vivían intensamente. Como si en cada logro yo le hubiese querido dar una respuesta a aquel diagnóstico y demostrar que, para mí, no era un destino. Me transformaba en una nena que conocía sus posibilidades y, también, sus límites aunque pocas veces los encontraba. 


Tal vez la pregunta “¿Por qué a mí?”, y que surgió más tarde, era necesaria si yo quería apostar a empoderarme y seguir demostrándole a la sociedad todo mi potencial. Aquella crisis en mi adolescencia donde, como la mujer con discapacidad en la que me estaba convirtiendo, rechazaba lo que me devolvía el espejo, me invitó a decidir que no era el entorno lo que me iba a delimitar o, ni siquiera, mi condición sino que yo iba ser protagonista de mi propia vida. Porque aquello era lo que mi familia me había enseñado.


No me faltaron las oportunidades alrededor de esa decisión: estudiar una carrera universitaria, encontrar el amor, divertirme, hacer deporte, viajar. Hoy agradezco a mi condición que me dio la oportunidad de valorar las cosas importantes de la vida, de no dar nada por sentado y que me hizo única y diferente. Y en todo ese camino hay una madre y un padre que supieron ver a su hija tan esperada, más allá de cualquier diagnóstico junto a dos hermanas mayores que acompañaron en el proceso. Una familia que supo reinventarse en la adversidad con pocas herramientas pero con muchas ganas de pelear. Al final mis pies dejaron más huellas que las que el mundo esperaba. 

Por Lic. Daniela Aza. Influencer y speaker. Creadora @shinebrightamc

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