Cuando las palabras no nos alcanzan para expresarles a nuestros hijos lo que sentimos, los poetas vienen en nuestra ayuda.

Rudyard Kipling es un narrador y poeta inglés que nació en 1865 y falleció en 1936. Una de sus obras más conocidas es El libro de la jungla donde narra las aventuras de Mowgli, el texto se convirtió en un clásico de la literatura infantil. En 1910 escribió este poema, “Carta a un hijo” donde un padre le explica a su hijo la importancia de no rendirse aún teniendo todo en contra.

Si puedes estar tranquilo cuando todos a tu alrededor
han perdido la cabeza y te culpan por ello,
si puedes confiar en ti mismo cuando todos dudan de ti
y, sin embargo, no desprecias sus dudas;

si puedes esperar sin que te canse la espera,
si te injurian y no respondes a la mentira,
si te odian y no cedes al odio,
y, aun así, no pareces demasiado bueno ni hablas como un sabio;

si puedes soñar, y no hacer de los sueños tu señor,
si puedes pensar, y no hacer del pensamiento tu meta,
si puedes encontrarte con el triunfo y la derrota
y tratar de la misma manera a esos dos impostores;

si puedes soportar escuchar la verdad que has dicho
distorsionada por granujas para engañar a tontos,
o ver cómo se destruyen las cosas por las que has dado la vida,
y agacharte y reconstruirlas con herramientas viejas;

si puedes poner en un montón todos tus triunfos
y arriesgando todo en un cara o cruz,
y perder, empezar de nuevo desde el principio,
y no decir una palabra sobre lo que has perdido;

si puedes forzar tu corazón, nervios y tendones
a que te sirvan cuando ya hace tiempo que se han gastado,
y resistir cuando no te queda nada
salvo la voluntad que dice: “Aguantad”;

si puedes hablar con las masas y mantenerte íntegro,
o pasear con reyes sin perder el sentido común,
si no pueden herirte ni los enemigos ni los buenos amigos,
si todos cuentan contigo pero ninguno en exceso;

si puedes llenar el minuto implacable
con sesenta segundos que valgan la pena,
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y -lo que es más- ¡serás un Hombre, hijo mío!

Carestino
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